Muerte al café de especialidad

(No por lo que promete, sino por lo que invisibiliza)

El café de especialidad nos sedujo con aromas de jazmín, cuerpo sedoso y acidez cítrica. Pero mientras nos convertíamos en catadores aficionados, la industria perfeccionaba su estrategia: envolver la precariedad en una estética sofisticada. Nadie debería beberse una taza de 90 puntos sin preguntarse quién quedó fuera del cuadro.

Las cifras que no salen en la pizarra de especialidad

Los discursos sobre el origen suelen quedarse en anécdotas de finca y microclimas. Rara vez se menciona que más del 70% del café mundial lo producen pequeños agricultores con ingresos por debajo del umbral de pobreza. En el café de especialidad, la brecha no desaparece: se estiliza.

La enología como disfraz: el culto a la tabla de sabores

Uno de los mecanismos más efectivos para despolitizar el café ha sido la importación del lenguaje enológico. La rueda de sabores de la SCA (Specialty Coffee Association) —con sus notas a grosella, maracuyá, malta o cedro— convierte una bebida campesina en un producto de degustación reservado a iniciados. Este préstamo de la cultura del vino no es inocente: traslada el foco desde las condiciones materiales de producción hacia una experiencia sensorial abstracta y jerarquizada. Igual que el enólogo define el “buen vino” sin pisar la viña, el catador de especialidad clasifica granos sin pisar la finca. El lenguaje crea una elite que decide qué es “complejo” o “fino”, mientras los cuerpos que cosechan permanecen mudos, sin poder narrar su propia versión del sabor.

"Nos enseñan a describir el café con palabras que nunca usamos en la comunidad." — Productora de Cauca, Colombia, en taller de certificación. "Hablan de frutos rojos como si fueran catadores de vino, pero nunca preguntan cuánto ganamos por cada carga de café. El idioma del sabor nos excluye de la conversación."

Esta enologización del café crea tablas de sabores que parecen objetivas, pero en realidad funcionan como un filtro de clase. Para apreciar un café de especialidad “de verdad” necesitas un léxico aprendido en catas caras, cursos y gremios cerrados. El lenguaje ya no es puente, es aduana.

El café de especialidad ha tomado del vino no solo sus términos, sino su estructura de exclusión: unos pocos definen la calidad, la mayoría solo puede aceptar el veredicto. El sabor se convierte en coartada para no hablar de dinero, tierra y derechos.

El supuesto comercio directo

La promesa del comercio directo sonaba a revolución: saltarse intermediarios, pagar más al productor. Pero la práctica ha sido más ambigua. Sin certificaciones vinculantes ni auditorías sociales obligatorias, el “directo” puede encubrir relaciones tan desiguales como las convencionales. El comprador pone el precio, el productor acepta o se queda sin contrato. La diferencia es que ahora el tostador puede colgar en su web la foto del agricultor y una historia emotiva, mientras el agricultor sigue sin poder negociar colectivamente.

“Vienen, nos fotografían, hablan de nuestro café en sus redes. Pero cuando pedimos un precio mínimo por encima del mercado, nos dicen que eso rompe la 'relación de confianza'. La confianza no llena la olla.”

La precariedad también está en la barra

El eslabón local tampoco se salva. Baristas con estudios, cursos pagados y pasión, sosteniendo cafeterías con sueldos de miseria y contratos por horas. Muchos no pueden permitirse el café que sirven. La cultura de especialidad consume juventud formada y la desecha rápido. La misma lógica que invisibiliza al recolector, invisibiliza a quien atiende el mostrador: su conocimiento se usa como reclamo, su salario no refleja ese valor.

¿Hay salida?

Construir un café de especialidad que no perpetúe injusticias exige:
Transparencia obligatoria. No solo origen, sino precio pagado al productor y condiciones laborales en toda la cadena.
Deselitizar el lenguaje. La calidad no debería depender de un vocabulario enológico que excluye a las mayorías.
Certificaciones con dientes. Que incluyan cláusulas sociales verificables y derecho a organizarse en sindicatos.
Preguntar siempre. En cada cafetería, a cada tostador, ¿cuánto ganó quien cosechó este grano?

¿Seguiremos comprando tablas de sabores mientras haya personas que no pueden llenar su propia mesa? La especialidad no merece la muerte por lo que ofrece en taza, sino por lo que esconde tras la rueda de sabores. El reto no es abandonar la calidad, sino ensanchar el significado de “calidad” hasta que incluya justicia, dignidad y soberanía para quienes sostienen el café con sus manos.

Fuentes y lecturas recomendadas:

Informe “Más allá del flavor wheel” (Red Latinoamericana por la Justicia en el Café, 2024).

“Café y colonialismo: el sabor como máscara” – M. Cárdenas; Datos de la Alianza Global de Trabajadores Cafetaleros 2023.